Es legítimo que los entrenadores de fútbol base quieran progresar, mejorar su formación y aspirar a entrenar en categorías superiores. Todos tenemos ambiciones y es lógico buscar oportunidades de crecimiento. Pero hay una línea que nunca se debe cruzar: convertir a los niños en un medio para alcanzar esos objetivos.
Los entrenadores de fútbol base no están ahí para su propio beneficio, sino para ayudar a los niños a alcanzar sus metas, ya sean deportivas, personales o simplemente disfrutar del juego. Y cuando se olvida esto, el que realmente pierde es el jugador.
Los niños no son un trampolín
Cuando un entrenador ve a su equipo como un escaparate para demostrar su capacidad, las decisiones empiezan a responder más a su conveniencia que al desarrollo de los jugadores. Se prioriza ganar a cualquier precio, los niños que ofrecen un “rendimiento inmediato” juegan más y el resto queda relegado al banquillo sin una verdadera oportunidad de mejorar.
Nicholls (1989) ya describió cómo la orientación al ego—cuando la prioridad es demostrar superioridad en lugar de mejorar—genera entornos de presión y desmotivación en los jóvenes deportistas. En el fútbol base, esto se traduce en niños que juegan con miedo a fallar, que sienten que su valor depende del resultado y que, en demasiados casos, acaban abandonando el deporte.
El papel del entrenador en el desarrollo del jugador
Un buen entrenador de fútbol base debe asumir su rol con responsabilidad. Según Côté y Gilbert (2009), el entrenador en el deporte formativo no solo enseña táctica y técnica, sino que también influye en el bienestar emocional de los jugadores, su autoestima y su permanencia en el deporte. Un ambiente de apoyo y aprendizaje es clave para que los niños desarrollen confianza y amor por el juego.
Esto no significa que no se deba competir ni buscar la mejora del equipo, pero siempre con un enfoque adecuado. La victoria no puede ser el único criterio de éxito. Como explican García-Mas et al. (2010), los entornos donde se prioriza el aprendizaje y el esfuerzo por encima del resultado generan jugadores más comprometidos y con una relación más sana con el deporte.
Lo que realmente queda en los jugadores
Un entrenador puede ascender de categoría, cambiar de club o incluso dejar el fútbol, pero lo que deja en sus jugadores permanece. La verdadera huella de un entrenador no se mide en títulos ni en ascensos, sino en el impacto que genera en la mentalidad y el desarrollo de los niños a los que entrena.
Las experiencias que los jugadores viven en el fútbol base los acompañarán toda su vida. La confianza que les transmitió su entrenador, la seguridad para afrontar desafíos y la capacidad de trabajar en equipo serán aprendizajes que llevarán más allá del campo. Y esto es algo que ningún trofeo puede igualar.
La pregunta que todo entrenador debe hacerse
Cada entrenador debería preguntarse: ¿estoy aquí para ellos o para mí? Si la respuesta es lo segundo, es momento de replantearse el enfoque. No hay nada malo en tener ambiciones, pero nunca a costa de los niños. Porque al final, el fútbol base no existe para que los entrenadores cumplan sus sueños, sino para que los niños cumplan los suyos.
Referencias
- Côté, J., & Gilbert, W. (2009). An integrative definition of coaching effectiveness and expertise. International Journal of Sports Science & Coaching, 4(3), 307-323.
- García-Mas, A., Palou, P., Ponseti, F. J., & Borras, P. A. (2010). Compromiso, disfrute y motivación en jóvenes futbolistas. The Spanish Journal of Psychology, 13(2), 609-616.
- Nicholls, J. G. (1989). The Competitive Ethos and Democratic Education. Harvard University Press.