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Mi hijo es un crack – Capítulo III

Cuando empiezas a entrenar hay cosas que, a lo mejor, no las llevas bien. Muchas veces empiezas demasiado joven como para ser capaz de lidiar con las familias de los niños, por ejemplo. Nadie te enseña a cómo tratar con un adulto de cuarenta años que tras un entrenamiento o partido viene a quejarse de tu trabajo. Son situaciones muchas veces incómodas, rozando la intimidación.

Depende del carácter de cada uno, pero por norma general una persona de dieciocho años que empieza a entrenar es un mar de inseguridades. Dirigir por primera vez una sesión de entrenamiento puede resultar costoso. Quizás es la primera vez que te pones delante de un grupo de niños pequeños y no sabes bien cómo tratarlos. Si aún por encima a la salida viene un padre a decirte algo pues, teniendo éste razón o no, muchas veces acabamos por dársela ante la incomodidad de un posible enfrentamiento.

Hay padres que se mueven en estas situaciones como pez en el agua. Ven en el entrenador de su hijo una persona débil e intentan sacar tajada. Otras veces no saben si es débil o no, pero intentan hacerse amigos de él con el único objetivo de conseguir un beneficio directo para su hijo.

Al protagonista de hoy esta estrategia le salió rana. Seguramente si esta historia hubiese sucedido en mis inicios el resultado hubiese sido distinto, pero tuvo mala suerte. Es la historia de un intento desesperado por volver a su hijo, alevín, una pieza clave en las victorias de su equipo. Es una historia que tiene como nombre El desatascador.

Su hijo solía llegar a los entrenamientos tarde y, al terminar, nunca se duchaba. Yo insistía mucho en la importancia de la puntualidad y en las duchas después de los entrenamientos. En lo segundo no podía hacer mucho porque el club no tenía intención de meter mano en este asunto, pero en el tema de la puntualidad yo sí tenía poder de decisión.

Dejé claro desde el principio que para mí la puntualidad era importante y que llegar al entrenamiento con él ya empezado, sin avisar previamente, me parecía razón suficiente para tener ese fin de semana menos minutos que los compañeros si ellos habían sido puntuales todas la sesiones.

Un día el padre de este niño me llamó por teléfono y me preguntó si podíamos tomar algo un día, que tenía que comentarme un asunto. Yo accedí, pensé que quizás me iba a dar el motivo por el cual su hijo llegaba a entrenar tarde más de la mitad de las veces.

-Bueno, Antón. Te preguntarás cuál es el motivo por el cual te cité para tomar algo. No es nada malo, pero prefería comentarlo en privado porque ya sabes como son estas cosas, si me ven el resto de padres hablando contigo al terminar un entrenamiento a lo mejor empiezan a pensar que somos amigos, que mi hijo juega más por eso… -me contó una vez sentados en el bar en el que habíamos quedado.
-Nada, no te preocupes. Dime -a ver si conseguíamos ir rápido al grano.
-Ya sé que tú le das mucha importancia a la puntualidad pero a mí me es imposible llevar a mi hijo puntual a los entrenamientos -sin sorpresas, el tema esperado-. Además, no te puedo avisar con antelación de que va a llegar tarde porque muchas veces no sé si voy a salir puntual del trabajo.
-Vale, tú intenta avisarme siempre que puedas, porque yo tengo las tareas organizadas para un número determinado de jugadores y a veces no me es fácil adaptarlas en el último momento -le contesté de manera simple.
-Sí, sí. Yo cuando pueda te aviso. Pero vamos, que realmente este no era el tema por el cual te cité.

 

 

Atención porque empieza lo bueno.

-Creo que no estás aprovechando bien a mi hijo en tu sistema de juego -viendo que yo no contestaba decidió continuar-. Mi hijo juega muy bien en banda y veo que insistes en darle minutos en el medio.
-Bueno, todavía son muy pequeños como para especializarlos en una posición concreta. Es cierto que ha jugado en el medio muchos minutos pero también ha jugado muchos otros en banda -respondí obligado por la situación, ya que lo que me pedía el cuerpo era levantarme y marchar.
-Sí, pero en banda rinde mucho más. Mi hijo ha sido siempre de los mejores del equipo y yo en esa posición no acabo de percibirlo así. Además, creo que deberías de ponerlo como lanzador de faltas y de córners -me sugirió.
-Alguna falta ha lanzado ya, de hecho -no vayáis nunca a tomar algo con padres, de verdad-. No sé, yo creo que es de los que más lanzamientos ha realizado hasta ahora.
-Ya, pero creo que tendrías que usarlo más. En prebenjamines él era el que lanzaba las faltas y los córners. Y te voy a decir una cosa -cogió impulso-, mi hijo ha desatascado muchos partidos ese año gracias a sus lanzamientos. Ganamos partidos que estaban atascados gracias al balón parado.

 

Qué decir a esto. Para él su hijo era el desatascador de partidos en la categoría prebenjamín. Pero bueno, le salió cara la cita. Su hijo no se convirtió en el lanzador oficial del equipo y, aún por encima, me pagó el Aquarius de limón.

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2 comentarios en «Mi hijo es un crack – Capítulo III»

  1. Hola, soy seguidor de esta cuenta y tomo buena nota de muchas de vuestras informaciones. Hacéis un gran trabajo.
    Por cierto el aquarius de limón no existe, es aquarius o aquarius de naranja.
    Un saludo y lo dicho buen trabajo

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